Historia de Roncesvalles


PREHISTORIA Y EDAD ANTIGUA

Roncesvalles, lugar de paso y camino histórico

Su situación estratégica en medio de los Pirineos hace que Orreaga-Roncesvalles se desarrolle desde el principio como punto esencial para los viajeros y soldados que quieren atravesar la cordillera Pirenaica. El paso de gente de todo tipo hará que en la zona confluyan muy distintas culturas, aunque debido a ese continuo tránsito, en la mayoría de los casos, su legado cultural en los poblados de la zona es anecdótico.


Mujer de Aizpea (Aribe). Su antigüedad se ha datado en unos 6660 años. Museo de Navarra.

Si los romanos, expertos ingenieros y especialistas en el trazado de una completa red vial por toda Europa, eligieron esta comarca para el paso de la calzada que iba desde las Galias a la parte occidental de la península, la famosa vía «Burdeos-Astorga», sería porque se trataba de un lugar de paso anterior. De ello dan prueba los indicios arqueológicos que han quedado en la zona y que hablan de la entrada de oleadas de población en los tiempos prehistóricos.
El poblamiento del territorio puede remontarse hasta el final del Paleolítico, es decir, hacia el año 10.000 a. C., en que se cuenta con restos de materiales en zonas cercanas y de fisonomía parecida: la parte más septentrional del Baztán o la Baja Navarra.

Cromlech en Sorogain / Dolmen en Soroluce

Para la época de Bronce y de Hierro los cazadores seminómadas se fueron sedentarizando y tuvieron una presencia más directa en el área de Orreaga-Roncesvalles y los territorios cercanos. En este contexto se pueden explicar la cantidad de restos megalíticos que se encuentran repartidos por la zona. El megalitismo se refiere a la presencia de monumentos funerarios o rituales de piedra esparcidos en plena naturaleza, llamados dólmenes. Los de la zona de Orreaga-Roncesvalles pertenecen a un sub-sector dentro del sector dolménico septentrional de la Península, que recibe el nombre de «Urepel-Ibañeta-Orbaiceta».

Además de los grupos que permanecían de manera más o menos estable en la zona, hay que tener en cuenta también la influencia de nuevos contingentes que, gracias a la facilidad de paso pirenaico, fueron llegando al área de Orreaga-Roncesvalles. Las llamadas «invasiones celtas» tuvieron una de sus vías de penetración esenciales por esta parte del pirineo. Estos celtas trajeron nuevas formas urbanas y conceptos de organización social que, aunque no se han conservado como poblados, dejaron algunos crómlechs, monumentos de tipo megalítico relacionados con ritos funerarios en los que las piedras se colocan en círculo rodeando el enterramiento, de los cuales es posible ver algunos ejemplos en las laderas meridionales de Urkulu.

Con este entramado humano, más complejo y organizado de lo que en ocasiones se ha considerado, entró en contacto el mundo romano a principios de nuestra era. Fue Roma, quien atendiendo a sus necesidades de transporte y a su habitual política de desarrollo de la redes viarias, tendió sobre las viejas rutas pirenaicas una calzada de piedra. Muy cerca de Orreaga-Roncesvalles, en el término del vecino pueblo de Espinal, se han encontrado los restos de la ciudad más septentrional de los vascones romanizados, Iturissa, y sobre el vértice de la vía romana, vigila los puertos una curiosa torre-trofeo romana que corona el «Summo Pyreneo».

La vía pirenaica se va consolidando lentamente y sus caminos son testigo del paso de legiones romanas, viajeros variados, invasiones bárbaras, huestes visigodas, tropas musulmanas camino de la derrota de Poitiers, embajadas cristianas en uno y otro sentido, y el más ilustre ejército de la Francia altomedieval: lo mejor de la caballería y el séquito más deslumbrante que cruzó los Pirineos con Carlomagno en el 778.


SIGLO VIII

La Batalla de Roncesvalles (año 778)

Aunque la zona de Roncesvalles ha sido siempre una importante vía de comunicación, cobró especial fama con la campaña de Carlomagno en España. En el curso de su retirada, tras haber perdido la batalla de Zaragoza, el héroe Roldán, junto con la retaguardia del ejército franco, fue derrotado en la profunda hondonada de Luzaide-Valcarlos.


Grabado del s.XIX
Carlomagno llora al caballero Roldán

El siglo VIII se había caracterizado en tierras pamplonesas por una continua pugna entre los musulmanes -más o menos vinculados con algunas familias importantes de la tierra- y el reino franco, de rasgos profundamente cristianos y relacionado, también, con otros ámbitos cristianos de la península. En este contexto se produjo, en el verano del año 778, la gran expedición al mando del mismísimo Carlomagno que, aunque iba dirigida a Zaragoza, afectó directamente al territorio pamplonés, ya que camino a Zaragoza, Carlomagno destruyó las murallas de Pamplona para asegurarse su regreso en caso de fallar en Zaragoza.

A la vuelta de su fracasada expedición en la capital aragonesa, y al iniciar el descenso de los Pirineos, en la zona de Luzaide-Valcarlos, la retaguardia del ejército franco, mandada por Roldán, su caballero más querido, y por el resto de los doce pares de Francia, fue totalmente desbaratada por unas huestes todavía hoy desconocidas. Cuenta la leyenda que en ese lugar Roldán hizo sonar su olifante de marfil para advertir al resto del ejército y, cuando él y los doce paladines imperiales fueron heridos, arrojó al agua su gloriosa espada «Durandal» a fin de que no cayera en manos del enemigo.

La localización exacta de la batalla es otra incógnita que aún está por resolver. La tradición ha querido con «El Cantar de Roldán» que se haya mantenido la imagen del caballero Roldán tocando el olifante, hasta morir, en el vértice de Ibañeta y a su emperador Carlomagno desgarrado al volver al campo de batalla y ver a todos sus hombres tendidos.

Tampoco se conoce quiénes fueron los vencedores. Los historiadores manejan tres hipótesis. La primera hipótesis dice que una coalición de vascones y musulmanes; la segunda, una combinación de vascones de ambas laderas del Pirineo y, la tercera, vascones ultrapirenaicos descontentos con el fortalecimiento del régimen franco en Aquitania.


SIGLO IX

Comienza la peregrinación

Aunque a principios del siglo IX empieza a desarrollarse el culto a Santiago y la veneración de sus restos, no se sabe exactamente cuándo dan comienzo las peregrinaciones. De todos modos, no sería hasta principios del siglo X, una vez que triunfó y se consolidó la monarquía cristiana, cuando el tránsito de peregrinos se haría más seguro.


Con frecuencia se ha atribuido a Sancho III el Mayor (1004-1035) la consolidación y el «nuevo trazado» del camino a Compostela, que quedaría ya fijado para la posteridad. Sin embargo, hoy sabemos que fue sin duda Sancho Garcés I (905-925) quien, al mismo tiempo que organizaba una monarquía cristiana destinada al ensanchamiento territorial a costa de los musulmanes y deliberadamente interesado en las relaciones con los demás territorios cristianos de la península, aseguró el trazado jacobeo que discurre por la vieja calzada romana hasta Pamplona, y de allí a Nájera, para continuar hacia el oeste siguiendo el «camino de las estrellas».

Las primeras noticias de algún tipo de centro asistencial en el Summo Pyrineo se refieren al tercer cuarto del siglo XI cuando los monarcas pamploneses y, en especial, Sancho el de Peñalén, confiaron la atención de los peregrinos al monasterio de Leire, situado en la entrada de la ruta de Jaca en Navarra. Leire recibió la donación de un pequeño monasterio, existente no sabemos con cuánta anterioridad, en la misma cumbre de Ibañeta, San Salvador, hoy convertido en ermita. De aquella primitiva construcción, que en ocasiones se llamó también «capilla de Carlomagno» o de «Roldán», no se conserva actualmente ningún vestigio.

Sin embargo, con la unión temporal de Navarra y Aragón (1076-1134), la nueva dinastía decidió favorecer en esa tarea a la Colegiata de Somport, que atendía las necesidades de la ruta Tolosana a su entrada en Aragón, y que dispuso desde los primeros años del siglo XII de un pequeño albergue en el descenso de Ibañeta.

Tendrían que pasar algunos años para que el obispo de Pamplona decidiera también intervenir en una política asistencial que hasta entonces controlaban los dos centros señalados, el monasterio de San Salvador de Ibañeta y la Colegiata de Somport, en el principal punto de entrada de las intensas corrientes de peregrinos de aquella época.


SIGLO XII

Un nuevo hospital para los peregrinos

En 1127 el obispo de Pamplona, el prelado Sancho de la Rosa, decidió crear una cofradía de clérigos y laicos que se encargara del cuidado de los peregrinos en las cercanías de Orreaga-Roncesvalles. Circunstancias políticas contribuyeron a que lo que en principio se pensaba que fuera un pequeño hospital, se desarrollara como un centro de atención de mucha mayor entidad.


La separación de Navarra y Aragón en 1134 hizo que la Colegiata de Somport y el monasterio de Leire tomaran partido por el reino vecino, de modo que el nuevo rey García Ramírez decidió potenciar el hospital de Roncesvalles en perjuicio de sus vecinos. El monarca consiguió que el obispo Sancho creara un Cabildo de canónigos para dirigir el albergue y su iglesia, y la dotación de diversas rentas en los valles próximos y en varios lugares cercanos a Pamplona. De este modo, en 1135, lo que se había iniciado como un pequeño hospital, se convirtió en un centro religioso de relieve.

Con el paso del tiempo, el propio rey y sus sucesores, los obispos siempre protectores, los miembros de la nobleza navarra e incluso los peregrinos agradecidos fueron entregando pequeñas fincas y rentas en el mismo Orreaga-Roncesvalles o en otras zonas de Navarra.

Esta prosperidad y bonanza económica permitieron que se construyera la capilla del Sancti Spiritus y, quizá, un primer hospital del que hoy no queda ningún vestigio, aunque se hace referencia a él en el «Poema de Roncesvalles» de principios del siglo XIII.

La organización de Roncesvalles era similar a la de la Catedral de Pamplona. El Cabildo de Roncesvalles estaba organizado según la Regla de San Agustín y presidido por un Prior.


SIGLO XIII

El apogeo de Roncesvalles

El siglo XIII constituye una época de gran relevancia para Navarra y en consecuencia también para Orreaga-Roncesvalles, que sufrió un importante proceso de crecimiento y expansión. Este proceso floreciente se ve plasmado en la consolidación como Cabildo independiente y pujante y la ampliación de sus dominios y derechos eclesiásticos que continuarán en el siglo XIV.


Desde finales del XII, la Colegiata había disfrutado del protectorado del monarca Sancho VII el Fuerte, que descansa en la Capilla de San Agustín, y de otros nobles navarros. Esto hizo que la Colegiata tuviera un contingente de rentas cada vez más cuantioso. Además, su comunidad religiosa fue ganando importancia entre el clero del reino, no sin arduas luchas con el Cabildo de la catedral. Desde mediados del siglo XIII, los Priores de Roncesvalles tenían privilegio pontificio de utilizar anillo, báculo y demás insignias, como cualquier otro obispo. El Prior del Cabildo de Roncesvalles se convertiría así en la primera figura del clero navarro después del obispo y en uno de los consejeros del soberano.

Los conflictos de Roncesvalles con la sede de Pamplona se debían sobre todo a la necesidad de la Colegiata de hacer valer su independencia frente al Cabildo pamplonés. Tras distintos pleitos y alegaciones, la Colegiata salió airosa y para finales del XIII quedó de manifiesto que estaba constituida por una comunidad de canónigos regulares de la regla de San Agustín, que elegían un Prior vitalicio y administraban sus bienes con plena libertad.

La riqueza y el desarrollo de Orreaga-Roncesvalles llegaron hasta tal punto que se pudo organizar un sistema de recaudadores propios y un organigrama administrativo cuya unidad fundamental era la «encomienda». La presencia de Orreaga-Roncesvalles atravesaba fronteras navarras y, por medio de donaciones y entregas piadosas, llegó a tener distintas adquisiciones en la península. De éstas, cabe destacar la donación real de la Villa de Villagra (León), y la entrega del lugar de Luimil (Castelomendo) en Portugal. Al otro lado de los Pirineos, las posesiones más importantes fueron la de Charing, en Londres, la de Santa María Mascarella en Bolonia y diversos bienes en Tolouse.

Esta época de pujanza económica se ve plasmada en el conjunto monumental de la zona. Pertenecen a esta etapa de esplendor y expansión la iglesia de Santiago, el imponente edificio de aspecto hospitalario (Itzandegia) y la iglesia de Santa María, centro neurálgico de la Colegiata. La riqueza de Orreaga-Roncesvalles se ve aumentada con la llegada de distintas obras como el Evangelario de plata y una arqueta de plata dorada en filigrana. La plasmación de esta época de expansión se manifiesta en el «Códice de La Pretiosa», que recoge una copia de los documentos de aquellos años.


SIGLO XIV

Roncesvalles, protagonismo de la vida política

El anterior proceso de crecimiento había dotado a la Colegiata de un respaldo económico indudable y para finales del siglo XIII sus estatutos hablaban ya de unas 60 personas establecidas allí. Tan buena era la situación de Orreaga-Roncesvalles, que estaba en disposición incluso de prestar dinero a la Corona. A partir de ese momento, cesa el incremento de patrimonio y todos os esfuerzos se centran en gestionar lo que ya se tiene.


Las disputas con Pamplona quedaron ya zanjadas y se estableció que la sede pamplonesa no podría interferir en el gobierno del Cabildo pirenaico interviniendo en la elección del Prior; sólo sería necesaria la confirmación del obispo y, para la segunda mitad del XIV, ni siquiera eso, sería el Papa quien confirmara la elección. Estas circunstancias marcaron el despegue definitivo de la figura del Prior de Roncesvalles tanto entre el clero navarro como en la vida política del reino.

Precisamente en lo referente a la administración y reparto de los fondos de la Colegiata fue donde, en la primera mitad del siglo XIV, surgieron los roces entre el Prior de Roncesvalles y los demás miembros de su Cabildo, debido a los excesos de la autoridad Prioral, al parecer arbitraria, en la administración del patrimonio.

No fue hasta las puertas del último tercio del siglo XIV cuando se llegaría a una solución definitiva en el conflicto interno del Cabildo: el reconocimiento de la condición canonical de sus miembros. El Prior quedó contento con esta nueva decisión, ya que le otorgaba el poder de administrar las rentas, aunque la comunidad tuviera destinadas unas partidas ya fijas.

Desde finales del siglo XIV, los Priores de la Colegiata se implicaron activamente en la vida política del reino. El rey Carlos III manifestaba unos modos de gestión y gobierno que se apoyaban fundamentalmente en las relaciones personales, la negociación y la diplomacia. Los Priores de Roncesvalles aumentaron considerablemente su poder con la corona desde tiempo de Carlos III, que los utilizó en todas las cuestiones relativas al cisma de la Iglesia, concluido en 1417. Sirvieron luego a la hija, la reina Blanca, como secretarios personales y embajadores, y luego también al príncipe Carlos cuando ejerció la lugartenencia en nombre del rey Juan II.

Desde el último tercio del siglo XIV comenzó a notarse un cierto declive del inmenso patrimonio de la Colegiata. Orreaga-Roncesvalles centraría su atención en gestionar sus bienes navarros ya que el resto de propiedades, debido a distintos conflictos y a la lejanía, se fueron perdiendo. Por primera vez la Colegiata no será ya prestamista y tendrá que pedir préstamos para su solvencia.

Iniciada la guerra civil, tanto Juan II como su hijo intentaron que el Priorato recayera en un miembro del clero adicto a la correspondiente facción de agramonteses o beaumonteses. Con el final de la guerra y la imposibilidad de situar allí a un beaumontés, el Prior de Roncesvalles perdió su preeminente puesto en las Cortes del reino. La resolución salomónica de estas disputas políticas, que dispuso la alternancia de beaumonteses y agramonteses en el Priorato, hizo que para el primer tercio del siglo XVI, la situación de la Colegiata se estabilizara, aunque el aspecto del conjunto debía de ser desolador. Se había llegado a un punto en el que una reforma se hacía indispensable, pero ésta no llegaría hasta la normalización del reino a partir de 1512.

Destaca, entre las piezas llegadas a Orreaga-Roncesvalles en el siglo XV, la llamada Virgen del Tesoro. También de este periodo han permanecido la Virgen de Roncesvalles y el llamado Ajedrez de Carlomagno, un original relicario gótico de la segunda mitad del siglo XIV.

Arquitectónicamente hablando, corresponde a este periodo la torre de la iglesia. Cabe señalar, además, que los dos primeros incendios conocidos de la iglesia suceden en el este siglo, aunque su reconstrucción no se llevó a cabo en este momento.


SIGLOS XVI-XVIII

La gran reforma

Los difíciles momentos del siglo anterior dan paso a una centuria de vitalidad bajo la dirección del Prior Francisco de Navarra: El Prior, asesorado por otro ilustre miembro del mundo cultural de su época, Martín de Azpilcueta, decide poner fin a la desorganización económica y hospitalaria.


El Prior Francisco de Navarra, un intelectual universitario que llegó a Orreaga-Roncesvalles procedente del exilio, inició en el segundo tercio del siglo XVI una época de estabilidad en la administración económica que se prolongó durante tres siglos.

Asesorado por Martín de Azpilcueta, Canónigo de Roncesvalles y, sobre todo, jurista de renombre y proyección internacional, aprobó en 1531 un nuevo modo de gestión y reparto de las aún numerosas rentas que llegaban a la Colegiata. La reforma consistía en una división equitativa de los ingresos en tres partes (tripartito): una para el Prior, otra para el Cabildo, y la tercera para necesidades asistenciales, construcción y reformas de los edificios.

Esta nueva política económica, sumada al descenso de peregrinos, hizo que la tercera parte de las rentas pudiera destinarse casi en su totalidad a la reforma del patrimonio arquitectónico de la Colegiata. De este modo, cuando en 1600 el peso de la nieve hundió el techo del claustro gótico, no hubo problemas para levantar uno nuevo rápidamente.

Por otra parte, las continuas guerras entre España y Francia forzaron la necesidad de liquidar los intereses franceses y se cambiaron los bienes del otro lado de la frontera por intereses en territorio navarro. La merma de peregrinos se debió, además de a las luchas con Francia, a la división del cristianismo en Europa occidental.

Aunque el ritmo de peregrinos era mínimo, la bonanza económica de la Colegiata permitió realizar nuevas edificaciones. Se levantó una construcción para albergar las viviendas de los beneficiados, que eran clérigos pertenecientes a un escalón inferior a los canónigos en la jerarquía eclesiástica.

También se construyó en el siglo XVII la hospedería, y a finales del XVIII el «antiguo» molino. En este contexto, no debe extrañar que además se decidiera levantar a finales del XVIII un nuevo hospital.


SIGLO XIX

La difícil supervivencia

La Revolución de 1789 dio al traste con la monarquía y con el conjunto de principios en los que se habían basado los regímenes europeos durante los últimos siglos. En la subsiguiente cadena de acontecimientos bélicos, Orreaga-Roncesvalles y los valles cercanos iban a sufrir con intensidad los avatares de las numerosas guerras.


La posición fronteriza y estratégica del hospital de Orreaga-Roncesvalles hizo que éste fuera utilizado por el ejército del general Ventura Caro como cuartel, al tiempo que exigía del Cabildo, por primera vez desde su fundación, el desalojo de sus dependencias.
Terminada la guerra, el panorama era desalentador, así que aparte de rehabilitar la Colegiata, el Cabildo se vio en la obligación de ayudar a la reconstrucción de las poblaciones cercanas, cuyas iglesias y casas dependían de la Colegiata. Esta situación requirió otra manera distinta de repartir los ingresos.

Con la nueva distribución de las rentas, se retomó el proyecto de construir un nuevo hospital, ahora más urgente tras los daños sufridos en los viejos edificios. Pero el proyecto de edificaciones se vio nuevamente interrumpido por la invasión napoleónica de 1808, conocida popularmente como La Francesada.

Tras utilizarse otra vez el complejo como cuartel, en 1819 se construyó el palacio Prioral, una nueva residencia para los canónigos. Los años posteriores a la Guerra de la Independencia fueron una tregua antes del torbellino revolucionario de 1820, el declive absolutista de los años siguientes y finalmente, el estallido de la guerra carlista y las pretensiones desamortizadoras de los regímenes liberales de Isabel II. Desde 1844 hasta 1866 la propia comunidad entró en una fase de declive que estuvo a punto de suponer su desaparición.


SIGLOS XX y XXI

Del resurgimiento a la actualidad

El siglo XX fue un período bastante tranquilo. Aparte del resurgimiento de la peregrinación durante la segunda mitad del siglo, las constantes de los últimos cien años han sido los nombramientos de canónigos y priores, varios proyectos de reforma de los estatutos y la actividad docente. Sin embargo, en la década de 1970, coincidiendo con un declive de la comunidad eclesiástica, se reformaron profundamente las normas que regían las actividades del Capítulo de Canónigos Regulares de San Agustín. Esta reforma coincidió con un nuevo e inesperado renacimiento del Camino de Santiago y de la devoción a la Virgen de Roncesvalles, manifestada en numerosas romerías.


El año 1983 supuso la apertura de un nuevo capítulo en la historia de Roncesvalles. Tras un largo proceso iniciado en 1979, el Cabildo regular se transformó en un Cabildo secular, compuesto de canónigos sacerdotes con las mismas normas que el resto del clero diocesano. El objetivo de este cambio era consolidar la vida eclesiástica en Orreaga-Roncesvalles, que desde hacía unos años sufría una cierta debilidad. El Cabildo está compuesto ahora por sacerdotes encargados de atender a las parroquias de los pueblos cercanos y que residen habitualmente en la propia Colegiata o en esas localidades de las que están encargados.

Las Asociaciones de Amigos del Camino, entre las que las navarras fueron pioneras, iniciaron un proceso de recuperación del movimiento jacobeo que fue apoyado tanto por instancias civiles como eclesiásticas. La culminación de estos esfuerzos fue sin duda el Año Santo Compostelano (1993) en el que una gran marea de peregrinos caminó a Santiago de Compostela. Este auge del Camino de Santiago, que revitalizó la vida de la Colegiata, se plasmó, entre otras cosas, en la apertura en la Casa Prioral de una oficina de atención al peregrino.

A parte de ser punto de entrada en Navarra de los peregrinos, la Colegiata se ha convertido en el centro y punto de partida de diversos itinerarios de carácter cultural y naturalístico por las comarcas pirenaicas cercanas.

El mantenimiento de Roncesvalles procede básicamente de los ingresos que se obtienen de las tierras circundantes, de alguna empresa de carácter agrícola-ganadero y de las actividades hosteleras, aunque también se hace necesario para el mantenimiento del complejo histórico-artístico, la actuación de instancias oficiales.

A lo largo de los siglos ha existido en torno a la Virgen de Roncesvalles una fuerte tradición devocional que se ha expresado en numerosas romerías. Todas ellas son celebraciones coloristas y solemnes al mismo tiempo, y están llenas de fervor religioso, por un lado, y de ganas de diversión, por otro. Además, son una manifestación de la vinculación de Roncesvalles con los diversos pueblos, de la solidaridad interna y de la cohesión entre ellos.


Los priores de Roncesvalles

Listado de todos los Priores que han dirigido la Colegiata de Roncesvalles desde los duros comienzos en el siglo XII, pasando por la época de esplendor, hasta la crisis del siglo XIX y el resurgimiento actual del Camino de Santiago.

Sancho
Pedro de Aibar
Guillermo
Fortún de Badostáin
Martín Guerra
García
Fernando
Sancho
Lope
García López (Ochoa)
Andrés Ruiz de Medrano
Juan Sánchez de Airaga
García Ibáñez de Viguria
Sancho García de Echagüe
Miguel de Tabar
Jimeno de Aibar
Sancho de Meoz
Juan Galiondo de Tafalla
Juan de Egüés
Fernando de Egüés
Francisco de Navarra
Antonio de Fonseca
Juan de Silveira
Francisco de Toledo
Antonio Manrique de Valencia
Diego González
Diego Balbás
Lope Valdivieso de Velasco
Martín Manso de Zúñiga
Pedro Miguel
Juan Manrique de Lamariano
Pedro de Hoces
Juan de Velasco y Acevedo
Andrés Santos de San Pedro
Francisco de Torres Grijalba
Marcelo Lópe de Azcona y Dicastillo
Miguel Cruzat
Martín Martínez
Gil de Echauri y Zárate
Gabriel Agudo Sendín
Francisco Marín y Rodezno
José Íñiguez y Abarca
Francisco de la Torre y Herrera
Jaime de Solís y Gante
Juan de Aristia
Féliz Rubín de Celis
José Joaquín de Úriz y Lasaga
Juan Bautista de Reta Santesteban
Lino Barricarte (abad)
Francisco Polit González
Nicolás Polit González
José Urrutia Beraiz
Fermín Goicoechea Jaunsaras
José Iturria Miranda
Agapito Martínez Alegría
Máximo Echeverría Sanz
Jesús Labiano Villanueva
Jesús Idoate Gil
Juan Carlos Elizalde Espinal
Francisco Javier Izco Barbería
Bibiano Esparza Tres

1137
1152 – 1155
1164
1194 – 1199
1203 – 1216
1217
1218 – 1220
1226
1232 – 1267
1270 – 1300
1302 – 1327
1335
1346
1347 – 1376
1383 – 1389
1390 – 1410
1410 – 1418
1419 – 1454
1454 – 1500
1500 – 1518/22
1518/24 – 1542
1542 – 1545
1545 – 1546
1546 – 1555
1555 – 1575
1575 – 1588
1588 – 1599
1600 – 1611
1613 – 1616
1618
1619 – 1628
1629 – 1632
1632 – 1637
1637 – 1639
1640 – 1648
1648 – 1652
1652 – 1655
1655
1656 – 1667
1668 – 1672
1672 – 1680
1681 – 1712
1713 – 1730
1730 – 1759
1760 – 1784
1784 – 1801
1803 – 1815
1816 – 1833
1852 – 1855
1866 – 1887
1887 – 1906
1906 – 1915
1915 – 1943
1948 – 1956
1957 – 1976
1977 – 1984
1984 – 2007
2008 – 2013
2013 – 2016
2016 – 2018
2018


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